El sábado todo fue folklore en la Bodega del Auditorium gracias a la visita de La Precuela y la compañía de Las Veci. Una fecha íntima en la que desbordó el bombo legüero y la guitarra, la chacarera y su danza, la música y el compromiso social. Fotos por Patricia Fuentes.


Avisaron que iba a ser puntual, por lo que minutos antes de las 22 ya estaba adentro de la Bodega, al igual que casi toda la gente que había agotado las entradas para el evento. Entre mucho beso, risa y abrazo, se podía degustar un vinito en un vaso de telgopor. Las sillas, por su parte, comenzaron a acumular abrigo en su respaldo para dar a entender que era un lugar reservado.

Las Veci subieron al escenario mientras saludaban todavía a les presentes. Desde el primer acorde, dejaron en evidencia el conocimiento, estudio y buena interpretación de los ritmos folklóricos argentinos. En su formato de cuarteto, los roles están bien asignados y cada integrante propone su cuota de talento.

La banda está conformada por Nati Ané, en percusión, Mumi Moyano, en violín, Dani Osuna, en guitarra, y Viki Ané, en bajo. La voz principal depende de la canción que toquen, pero todes aportan sus cantos. El gran acierto de sus timbres se expone cuando armonizan: crean grandes melodías vocales y suenan muy bien juntes.

Todo el afecto demostrado en la antesala, también se reflejó en el escenario. La banda expresó su felicidad en reiteradas ocasiones y explicaron que se querían mucho entre todas las personas presentes. Esto creó un ambiente íntimo, pero también de confianza para hacer chistes con el público y descontracturar los nervios que podría representar tocar en vivo.

Su música no está exenta de compromiso social. Su canción «Condenades» dice mucho al respecto. No son indiferentes ante la injusticia social, no miran para el costado, se los ve poner el cuerpo en la calle y lo gritan en sus composiciones. Su militancia en contra de las fumigaciones aéreas indiscriminadas en nuestras tierras cala hondo en su discurso.

El repertorio de Las Veci está compuesto por canciones propias que transitan las características más representativas del género, como el carnavalito, la chaya, la zamba, la milonga y la chacarera —por lejos, donde más se lucieron—. Para el cierre, tocaron un candombe junto a invitades en la cuerda de tambores y una única canción de autoría ajena («El monte», de Trío Chuncano) en compañía de integrantes de La Precuela, quienes no bajarían del escenario hasta terminada la noche.

En cuestión de minutos se acomodó todo para la siguiente presentación. Subieron los integrantes que aún faltaban y La Precuela largó con su cancionero. Desde Mar Azul y con un disco bajo el brazo, el sexteto se caracteriza por alternar piezas del repertorio popular folklórico latinoamericano con temas de propia autoría.

La gente ya más suelta, ya más impaciente de estar sentada, no se resistió ni reprimió sus deseos de bailar. Ante la primera chacarera, una decena de personas copó el único lugar libre de la Bodega y se armó una linda ronda donde se continuaban las palmas, las vueltas y los zapateos. Todo fue disfrute rítmico.

También hubo lugar para alguna que otra zamba nostalgiosa, que bajaba un poco la excitación y dejaba florecer otro tipo de emociones, no menos intensas. Las voces de Ariel Zurdo y Fernando Barbero se amalgaman a la perfección, sus guitarras también dialogan de manera prolija. Detrás suyo se encuentra una banda ajustadísima: Lucas Rebecchi y Martín Alleva, en percusión, Roberto Marcalaín, en bajo, y Pablo Jalam, en teclado y charango.

Como si se repitiera la secuencia, el epílogo estuvo marcado por el candombe. Llamaron a una séptima integrante y se calentaron las lonjas del repique, el piano y el chico. Tocaron dos clásicos de Fernando Cabrera y Rubén Rada, y cerraron con una canción suya. Para ese momento todo era algarabía y la pulsión al baile crecía con el calor de los tambores.

Cuando los aplausos empezaron a disminuir, comenzó a escucharse el apilar de las sillas de plástico. Era la invitación a salir del establecimiento, el fin de fiesta. Quedó el calor de los cuerpos que se movieron, quedó algún que otro vino tirado que se notaba en lo pegajoso del piso. Al subir las escaleras el aire se limpió, y con su limpieza vino el frío. Ya no se bailaba arriba, pero se escuchaba alguna que otra repetición de versos, y se percibían las sonrisas satisfechas propias de quien sale contento de un recital.

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