El ex guitarrista de Sonic Youth, Lee Ranaldo, se presentó el jueves en Teatriz y brindó un show repleto de experimentación y visuales. El artista neoyorquino visitó nuestra ciudad en el marco del Festival  Internacional de Cine de Mar del Plata. Fotos de Seba Pogo.

|Por Makú Rodríguez|


Desde un principio imaginé que mi jueves sería como llevar el video de Dirty Boots de Sonic Youth a la realidad. En realidad, me dejé llevar por la emoción de recibir la visita del guitarrista de una de mis bandas predilectas. Primero me enteré que iba a tocar en Mar del Plata, luego supe que en realidad estaba de visita en nuestra ciudad por el Festival Internacional de Cine. Ahí todo cobraba mucho más sentido.

Realmente significó una emoción muy grande, más que nada porque geográficamente Teatriz queda a 150 metros de mi casa. No sé, a veces me concentro mucho en este tipo de detalles. Lee Ranaldo no solamente estaba en mi ciudad, sino que iba a tocar a una cuadra y media de mi hogar. El ex guitarrista de Sonic Youth, además de desempeñarse como jurado del festival de cine, aprovechó su visita a La Feliz para mimetizarse con el costumbrismo turista marplatense. Lejos del estrellato, Lee Ranaldo se paseó por el Auditorium charlando con la gente y tomándose fotos.

La visita de Ranaldo a la ciudad estuvo acompañada por la presentación del documental “Sonic Youth – NYC and Beyond” proyectado en el cine Ambassador el miércoles y el viernes pasado. La primera de las dos funciones contó con la presencia de Ranaldo en la sala. El documental, por su parte, retrata los inicios de Sonic Youth y realiza un recorrido cronológico por la década de los 80’s y 90’s, finalizando en el año 2008 con una de las últimas presentaciones de la banda. El film cuenta con un gran material de archivo jamás visto.

El miércoles asistí a la presentación del documental, un día antes de la presentación de Ranaldo en Teatriz. Fue una linda manera de prepararme. Más que nada por el amor que siento por Sonic Youth y por la emoción que sentí al enterarme de la presentación de Lee Ranaldo. Salí del cine extasiado, con una buena dosis de noise y melodías dulces que sin temor se quiebran en distorsiones absurdas.

Ahora bien, es momento de concentrarme en lo que sucedió el jueves, pero antes de comenzar a hablar acerca del show, voy a aprovechar para hacer algunas salvedades.

Fue un show raro. Raro en el sentido de audiencia y contexto. Por el lado del contenido del mismo, cualquiera que conozca mínimamente la impronta y el legado de Sonic Youth sabía perfectamente que el show iba a ser puramente experimental y visual. Se ve que esto no lo sabía todo el mundo. Sin querer entrar en la ortodoxia, ni tomar las armas contra el mainstream y el snobismo, debo decir que el 90% de los espectadores no entendió nada de nada.

Salí a las 20:40 de una función de cine en el Paseo Diagonal. Corrí por la Diagonal Pueyrredón en dirección hacia Avenida Independencia pensando que estaba llegando tarde. Al llegar, me encontré con una larga fila. Afortunadamente no habían abierto las puertas. Me situé en el último lugar de la fila y me prendí un cigarrillo. De movida percibí una audiencia extraña. Sin querer subestimar, ni ser prejuicioso, parecía la fila para entrar a ver una película un domingo a las 10 de la mañana. Quizás en mi cabeza estaba tan marcado el video de Dirty Boots que me chocó bastante ser el único con camisa cuadrillé y una remera con rip off de Bleach de Nirvana. En fin, a veces soy un tanto molesto con la parafernalia.

El reloj corría y a mi lado faltaba Seba Pogo, encargado de la fotografía y, al mismo tiempo, quién se ocupó de las entradas. La fila comenzó a avanzar y yo aún estaba solo y sin entrada. Le mandé un mensaje para apurarlo: “Estoy en el baño”. Gracias por dejarme tranquilo, mi estimado. Increíblemente, luego de ese mensaje desalentador, mi compañero apareció fantasmalmente con las dos entradas e ingresamos a la parte alta de Teatriz.

La sala estaba llena, no entraba más nadie. De hecho, hubo gente que se tuvo que quedar parada ante la falta de asientos. El escenario estaba vacío. Y sí, era obvio. Sólo un set de pedales, una mesita con algunos artefactos, una pantalla blanca y, curiosamente, una soga con forma de horca colgando del techo del escenario.

Adelante mío un grupo de cuatro personas se preguntaba en qué banda había tocado Lee Ranaldo. Un poco de decepción sentí. Nuevamente hago hincapié en esta cuestión. Está bien, el público estaba compuesto por muchos curiosos y eso no está mal, pero a medida que iba transcurriendo el show, se notaban caras largas de aburrimiento. Me pedí una birra para amenizar la velada y relajarme un poco. Las luces se apagaron y Lee Ranaldo subió al escenario para darle inicio a un viaje de acoples y distorsión que duró 45 minutos.

El show estuvo compuesto por visuales experimentales de fondo y Lee Ranaldo moviéndose por todo el escenario junto a su guitarra y su set de pedales. La presentación estuvo craneada por él y por su esposa Leah Singer, quién lo acompañó en su travesía por Mar del Plata. Ambos trabajan juntos desde 1991 en obras que integran la interacción entre sonidos e imágenes.

La performance comenzó con la dulzura armónica de una guitarra afinada en vaya uno a saber qué. Primera vez en mi vida que voy a ver a un músico y, en 45 minutos de show, no toca ni un solo acorde. La música estaba en los acoples y en los efectos de los pedales. Luego de unos minutos de show, se develó el misterio de la soga colgada. Ranaldo colgó su jazz master inmaculada de aquella soga y la hizo volar por los aires del escenario.

Fue como un largo tema de 45 minutos. Sinceramente no sabría distinguir si fue algo horrible o algo hermoso. Quizás ambas. A veces el espanto es algo bello, en este caso creo que fue así. Tal vez sea el amor puro y admiración que siento por él. La realidad es que hablé con mucha gente que presenció el show y a nadie le gustó. A mi particularmente me pareció algo excelente.

Las visuales no dejaban de ser interesantes e iban a la perfección con los sonidos que emanaba el ex guitarrista de Sonic Youth. De la mesa de artefactos, tomó un capotraste para la guitarra y lo fue moviendo a medida que transcurría el show. También, agarró un arco de violonchelo para golpear el mástil de la guitarra y sacarle sonido.

Realmente no hay mucho más para decir. Como resalté anteriormente, fue un largo tema de 45 minutos. De momento se percibían ciertas armonías, pero la realidad es que de esa guitarra nunca salió un punteo o un acorde. Fue introspección pura y un viaje a través de pedales e infinidad de efectos mezclados con sonidos extraños y afinaciones extrañas. Finalizó el show y la gente huyó despavorida de Teatriz. Bueno, no todos, sólo un gran grupo que quizás no entendió la propuesta de Ranaldo.

No sé, yo me sentí bien. La realidad es que es un pedazo de historia y de experimentación. Independientemente de que haya sido el guitarrista de Sonic Youth, a Lee Ranaldo le sobran condiciones y es un artista con todas las letras. Me fui del teatro contento. Más que nada porque sentí que no le importó nada e hizo lo que quiso. Fue como llevar la filosofía del punk a un ámbito repleto de personas que imaginaban escuchar canciones convencionales. Fue un bello golpe de rareza entre tanta formalidad.

 

 

 

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