Entre la apatía y el desgaste de un año espantoso, Diasol nos regala su disco homónimo, un aluvión de emociones que nos dibuja un arcoíris tan optimista como nostálgico en el techo de la pieza. Última columna del año para esta sección.

| Por Federico Velásquez |


El cosito de la batería está en rojo, en cualquier momento se apaga la pc. Apuremos unas líneas antes y aprovechemos el ínfimo porcentaje de energía para escribir un poco más en lo que queda de este diciembre sumergido en un año nefasto. Despidamos el 2020 con volumen, llenándonos la boca y enchastrándonos los dedos de música marplatense.

Entre tanta oscuridad a múltiples niveles, un halo de luz brillante inundó la habitación: el nuevo disco de Diasol sonó en los auriculares y una mueca se dibujó. Después del brillante Los Olvidados, el trío nos vuelve a traer una placa llena de emoción que repercute y cala hondo en las almas sensibles de esta pálida ciudad.

Diasol, según indica el trabajo homónimo, es un álbum breve de siete canciones y casi veintidós minutos. Este tiempo acotado le sienta muy bien: es mucha la intensidad —no necesariamente en un sentido agresivo y pesado— y el corazón debe resistir las embestidas de los guitarrazos y las voces altísimas e inalcanzables.

La euforia recorre cada una de las canciones de la banda, es algo a lo que estamos acostumbrades, pero no debemos dejar pasar por alto el sentimentalismo —nunca barato aquí— que atraviesa cada composición. Y en esto Diasol muestra su principal rasgo de madurez. Conforme pasa el tiempo, estas características tan características suyas se asientan, se pulen y brillan más.

El germen punk de todo esto que oímos, teorizo, es a la vez el que despierta esta vehemencia, este ímpetu irrefrenable de tempo acelerado. Y de repente somos tanto como aquel perro de la tapa que sale de entre los yuyos, con la respiración agitada por la aventura, con el lomo mojado por la lluvia pasajera que dibujó un arcoíris a nuestras espaldas en el horizonte.

No quiero hablar de canciones preferidas, me sentiría injusto con las demás; que cada quien haga sus propias elecciones. Además tampoco quería extenderme mucho en esta columna final. Hagámoslo cortito, como los Diasol, que también nos enseñan que hay disfrute de esta manera. En su dedicatoria ya dicen casi todo, es una pieza dedicada “a los corazones rotos y a las almas libres, a las vidas nuevas y a las que se han apagado”.

Por lo catártico, lo emotivo, por tocar ciertas fibras, por el producto tan noble: salud Diasol.

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