Como una piña en la trompada entran el bajo, la guitarra y el hi hat en lo que es el inicio de El fin de una era, el nuevo disco de Sierpes. Recorreremos un terreno fangoso, plagado de vegetación espesa, donde los rugidos y distorsiones harán vibrar la oscuridad para dejar entrar, cada tanto, una dosis lumínica propia de las melodías y no perder de vista el camino.

| Por Federico Velásquez |


La barrita del volumen está bastante arriba. Subamos un poco más. La fuerza de impacto será mayor y uno de los grandes aciertos y atributos de este trío. «Imágenes escépticas» es un track óptimo para la apertura con su riff de pocas notas, bien pesado y una voz podrida que cuaja a la perfección en la ecuación. Podemos descifrar desde un comienzo de qué va esta banda y qué podemos esperar en las siguientes cinco canciones: una batería firme, correcta; la viola grave y llenadora, con buenas intervenciones cuando baja en el diapasón, y el bajo con un papel predominante, bien al frente con sus líneas y adornando con acordes y solos cuando la situación lo amerita.

La canción homónima llegó a nosotres como adelanto en septiembre del año pasado. Los meses ganados a sus hermanas la hizo envejecer de gran manera y se posiciona como uno de los puntos altos del disco. Su calma inicial y furia posterior logran un clima único, donde además se nos permite oír esta faceta, si se quiere, más alternativa de Sierpes. Siempre terminan prevaleciendo, sin embargo, las raíces del sludge y el stoner en su música.

No se puede pasar por alto la impronta lírica que contiene El fin de una era. Los sentimientos de pérdida, muerte y dolor sobrevuelan en cada frase, con una fuerte postura determinista e inevitable, a su vez correspondientes con la naturaleza: el poeta encuentra reflejado su sentir en el entorno —la atmósfera es oscura, fría, tormentosa— y es un recurso que aporta dramatismo al producto final. Esta intensidad tan orgánica y visceral encuentra su manifestación más verdadera en las gargantas que raspan al cantar.

Se trata de un álbum denso y grave, no sólo por la ecualización de sus instrumentos, sino por su preferencia por los tempos lentos y el sustain de las notas. Desde este espectro de sonidos como punto de partida, Sierpes amplía las posibilidades para ofrecernos canciones como «Mar de árboles», la más introspectiva y melódica del trabajo, donde incluso las voces reducen su caudal al susurro más mínimo. Este contraste casi episódico hace que la escucha sea llevadera y agradable. Ningún elemento llega a opacar a otro y las transiciones suenan naturales y equilibradas.

Rápidamente llegamos a la última canción. «Solitario ser» ocupa casi un tercio de la placa. Con sus poco menos de diez minutos, es un tema que concluye y engloba fielmente todas las características y logros de la banda. Su extensión le permite ser la más maleable y cambiante de todas, además de tener espacio instrumental suficiente para despedirse con aires de zapada y epicidad.

En media hora —treinta y dos minutos para ser exactos— el grupo encierra su obra con sentido y significado. Es el tiempo justo que requirió para desarrollar las temáticas que proponen en sus canciones, para crear su propia atmósfera de caos y encontrar sus propios momentos de respiro. Un fruto agrio, cargado de aflicción, pero jugoso desde el primer mordisco. Sierpes logró, en otras palabras, parir un álbum consistente, sólido y consecuente haciendo uso de todas sus herramientas instrumentales y habilidades poéticas. 

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