Un llamado tubular y tétrico se oye brotar de las alturas más profundas de un paisaje inhóspito custodiado por el descenso de Zaratustra. Es el prólogo de La canción de los sepulcros, el nuevo trabajo discográfico de Ahínco. Una invitación indeclinable a sumergirse en la fuerza y complejidad del death metal que profesan y pulen en cada entrega.

| Por Federico Velásquez |


¿Ya? Esa fue la pregunta que se formuló cuando la banda anunció la cuenta regresiva para el lanzamiento de su nuevo disco. Aún seguía sonando con periodicidad El cadáver de nuestro sueño, aquel titánico álbum editado a fines de 2018, del cual todavía quedan cosas por desglosar en su hora entera de música. Pero sí, ya, esa era la respuesta de uno de los proyectos más prolíficos y constantes de la ciudad de Mar del Plata.

“Meridiem” es la primera canción e inaugura el trabajo con una llamativa presencia de teclas. El bajista y cantante, Lucho Alippi, fue quien experimentó con ellas: “Lo que tenía en mente desde que empezamos a componer era hacer una intro, no agregar teclas sobre el tema, sino respetar el formato de banda y cómo suena en vivo”. Luego de dos minutos aterradores, nos impacta la firme y contundente entrada del trío.

Instantáneamente notamos que la mejora y el crecimiento del sonido de la banda sigue en alza: la mezcla es correcta y cada instrumento logra lucirse. Podemos comprobarlo desde el momento en que oímos el primer golpe de esa batería, con un tacho hermoso y una pegada de bombo fuertísima salida de las extremidades de Ariel Sanchez. “Es un caballo”, dijo una vez el dueño de las salas donde ensaya la banda; y es una analogía muy certera.

Con más de once minutos, “Meridiem” atraviesa numerosas variantes rítmicas y evoluciona conforme avanza la reproducción. Los primeros momentos nos dan la pauta de un recurso que será bastante utilizado por Ahínco, y es el recurso del doom: el tempo disminuye bruscamente y la música se torna más densa que nunca. Pero llegamos al minuto seis y la lógica se invierte con un riff mucho más clásico y sincopado que acelera las pulsaciones y nos hace mover la cabeza. Lo mismo vuelve a suceder pasados los nueve minutos con otra transición en la guitarra de Hernán Chave, quien parece indicar el camino a seguir antes de incinerarse en un solo frenético.

 

Pasamos ahora al track llamado “Lumbre” que cuenta con diecisiete minutos y medio de duración. En la sobrevaloración que tenemos del tiempo esto puede intimidar, pero hay dos canciones escondidas: la que bautiza a la pista y “Condena eterna”. Ocupémonos, en principio, de esa primera mitad. El bajo marca los acordes en un tempo ligero que nos prepara para una poderosa embestida pero, cuando cerramos los ojos para recibir el golpe, todo muta rápidamente a la sección más melódica y nostálgica del disco. Las cuerdas dialogan plácidamente pero sin perder la intensidad y el ataque en ningún momento: las transiciones y variaciones no significan fluctuaciones. Sobre el final, el retorno a la distorsión y los guturales nos depositan nuevamente en la oscuridad total que se desvanece lentamente hacia los acordes originarios.

Vuelven a emerger las teclas: “La idea era que funcionaran como una especie de paréntesis, encerrar los temas nuevos —“Meridiem” y “Lumbre”— y darles una especie de inicio y fin, de ciclo que aluda al eterno retorno y que, al cerrar ese supuesto ciclo, volviera a empezar con las versiones nuevas de los temas viejos”, agregó Lucho. Acá está la clave para comprender la inclusión de “Condena eterna” —perteneciente al trabajo homónimo editado en 2016— y de “El viaje interior” —extraído del primer disco del 2013—. La elección de estas canciones se marcó “por el hecho de la continuidad conceptual en las letras y por cómo se amoldan a la naturaleza atmosférica y doomera, por así decirlo, del disco”.

El germen de esta atmósfera tan particular que sobrevuela La canción de los sepulcros, se debe a la película 2001: Odisea al espacio, de Stanley Kubrick y, en particular, a la escena del Amanecer del hombre. Kubrick utilizó la música del compositor alemán Richard Strauss perteneciente al poema sinfónico Así habló Zaratustra, inspirado en la obra homónima del filósofo Friedrich Nietzsche. Del quinto movimiento de la composición se desprende el nombre del álbum y, a su vez, el libro fue la principal influencia en la escritura de las letras.

En esta interpretación de Nietzsche (“Vivir una vida de manera que, si se repitiera eternamente, uno no tenga remordimientos”, según la lectura de Lucho) encontramos también lo plasmado en el arte de tapa magistral de Mano Monzón. “Descendí desde las montañas / harto de sabiduría. / Regresé al mundo de los hombres / con la luz del mediodía”, rezan los versos de “Meridiem”. Efectivamente, quien baja de las alturas es Zaratustra, aquel sabio persa que Nietzsche usó como vocero de su filosofía. Su apariencia cadavérica, su dura mirada y las vestiduras rasgadas representan el desgaste de su exilio y, a la vez, el lado extremo de la banda. La carga simbólica no se agota ahí, sino que también hay que prestar atención al águila, al uroboros, al sol en su punto pleno.

“Condena eterna” y “El viaje interior” son grandes aciertos en la obra. No debemos pensarlas como un simple refrito de canciones viejas, sino como una actualización y reconceptualización de ese material a esta etapa más madura y profesional, si se quiere, de la banda. Esto se patenta sobre todo en la canción que concluye el disco: ha sufrido una metamorfosis muy clara en su instrumentación —también han cambiado los intérpretes— y en la abismal mejora de los guturales.

Son treinta y cinco minutos con mucha información, muchos riffs y muchos pasajes instrumentales de alto vuelo. Los Ahínco tienen de su lado, además, ser grandes músicos y grandes tocadores de sus instrumentos. Ya hemos mencionado la potencia de Ariel en la batería, quien edifica la estructura inmensa que sostiene a la banda; el trabajo de Hernán es, quizás, de los mejores de la escena pesada de la ciudad, con un gusto y un criterio interpretativo notables, y finalmente Lucho destaca en su rol de bajista, cercano al estilo de tocar de Steve DiGiorgio (Sadus, Death, Testament), con mucho protagonismo y eficacia.

La canción de los sepulcros se erige como un enorme estreno, contenedor de varias y riquísimas aristas, y dueño de un alto valor artístico. La banda sigue firme en su camino ascendente con una propuesta que sobrepasa los límites del género que tocan. Porque vamos, esta creación indudablemente ha requerido cierta capacitación, mucha lectura, pensamiento y, sobre todo, mucho ensayo: no podemos pasar por alto que Ahínco graba sus discos en toma directa. Y sí, quizás podríamos ser más quisquilloses en marcar algún desliz, pero no, preferimos detallar y destacar los aciertos de esta loable producción a la que auguramos un buen envejecimiento.

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