Bajo la etiqueta eufemística de reseña comenzaremos a escribir mensualmente sobre aquellas placas marplatenses editadas durante el año corriente. Quedan advertides de que las siguientes palabras están cargadas de subjetividad; no sólo porque la objetividad no existe, menos a la hora de hablar de música, sino porque entendemos desde el punto de partida que —momento cliché— sobre gustos no hay nada establecido y acá va a publicarse, indefectiblemente, lo que guste a quien escriba.

|Por Federico Velásquez|


Hecha la presentación, abrimos Spotify y escribimos en el buscador MTA y La Fuerza. Claro, es que en marzo lanzaron su primer disco, homónimo él, y desde la expectativa que generó previo a su estreno, no podía no inaugurar esta sección. La primera impresión ya es buena: el arte de tapa a cargo de Rodrigo Vilches Luppo es muy llamativa y con un estilo muy propio de sus dibujos, según pudimos corroborar en su feed de Instagram. Esas figuras antropomorfas, tan desprovistas de musculatura y carne, pero con un evidente torrente sanguíneo en su movilidad —¿baile?—, ya presagian que nuestro esqueleto manifestará alguna reacción ante el contenido.

Damos play y con cuatro acentos bien marcados la banda se aventura en la primera de las ocho canciones que componen el elepé. Los vientos de Juan Mondón y Matías Rivara son los que toman las riendas y direccionan a este animal devenido en conjunto musical. La fuerza de tracción la aportan el bajo de Pedro Carignan y las bases de Ignacio del Río en batería. Este animal, aunque grandote, es elegante y cuenta con la amortiguación de las teclas de Manuel Poggi, como si marchara sobre un suave colchón. En la diligencia, disfrutando del viaje, aprovechando el paisaje urbano, va sentado Matías Grisolía aferrado a su micrófono, soltando rimas con mucha naturalidad, conciencia social y humor.

 

 

En media hora la banda nos deja recorrer el jazz, el funk y el neo soul con sus vastas posibilidades interpretativas. Mucho tiene que ver el vicio despuntado del binomio Mondón-Rivara por la música de Kendrick Lamar durante la génesis del proyecto. La limpieza del sonido, a su vez, permite una escucha prolija de cada elemento: cada instrumento está ahí sirviendo a la canción. No podemos darnos por distraídes igual, los integrantes son grandes músicos, con habilidades sobresalientes y muy estudiosos en su materia. Acá está la clave para que esta mixtura resulte tan orgánica y estacionada.

Las letras de MTA tienen la virtud de ser gancheras, algo que parece muy obvio de decir para el género, pero que es difícil conseguir, más en este contexto en que nos referimos a rapear sobre una instrumentación con tanto énfasis y complejidad. Ya no se trata sólo de rimar sobre un beat repetitivo —cosa de no menor nivel de dificultad— sino que requiere un mayor empaste de los fraseos vocales con este amplio espectro sonoro. Si bien la rítmica optada al micrófono no es novedosa, esto se suple con un gran bagaje de referencias literarias, cinematográficas y de cultura general —incluso del espectáculo y el deporte— en su lírica, lo cual la hace por demás pintoresca.

Es un álbum que funciona muy bien como tal. Las canciones se derriten rápidamente entre el groove del sexteto. A pesar de eso, se tiende a tener preferencias y las denominaremos como puntos altos del trabajo. Dejaremos de lado los ya hitazos de “Gil Gil Basta” y “Tres Candelas” para subir a ese pedestal a canciones como “Alucinaciones”, un track con una gran producción que cuenta con una soberbia base de la bata y su octapad, unas teclas bien presentes y una melodía memorable de los vientos para cerrar; y a “Infradotado”, el tema más oscuro, musicalmente, y más arriesgado, rítmicamente hablando, del disco: el bajo y el teclado se pegan para dar lugar a unos tubos tan jazzeros como tétricos.

De todos modos, como se ha dicho, estas canciones destacadas no opacan a sus compañeras. La experiencia de la obra completa es muy positiva y podemos confirmar la primera hipótesis de que nuestro cuerpo no saldría ileso a la escucha: goza y cae en la tentación de la riquísima cadencia. Es una enorme carta de presentación discográfica de MTA y La Fuerza, a la altura de lo que ya conocíamos: sus exquisitas ejecuciones en vivo.

 

 

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